publicado el 30 de noviembre de 2026 en Saltillo 360, de Vanguardia
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Me llegó el golpe de realidad, el estate quieto, sereno
moreno, o la lección no solicitada. Igual a muchos aprendizajes de la vida, la
lección llegó luego de ejercer la democrática soberbia. Te platico:
Voy encarrerado conduciendo La Potranquita desde mi
trabajo en Saltillo hacia Guanajuato de Abajo, municipio de Ramos Arizpe; ahí
me espera un refri cuyo contenido choca tanto con la enseñanza materna como con
las recomendaciones de salubridad: una fanta de fresa y tres cervezas Indio,
tortillas de harina, pastura y aderezos con miel para quienes nunca me visitan,
pizza fría para quienes van regularmente por consejo o efectivo, un quesito
barato que se ha pintado de azul por ranciedad y no por alcurnia como hacen los
quesos finos, hay verdes limones agrios, una naranja que no sabré hasta pelarla
si es ácida o dulce, y una ciruela cuyo color guinda se empieza a tornar en
negro hasta convertirla en pasa.
Dejo atrás el último semáforo a la altura de lo que mi
generación conoce como El Reloj de la Ford, calle Canadá para los entregadores
de plataformas digitales, o la punta norte de la ruta recreativa. Ahí arranca
mi martirio, y vaya que vengo bajando desde el centro histérico: rebasar por la
derecha, acelerar, frenar, cambiar de carril, frenar de nuevo, testear el
dizque turbo que un vehículo chino pueda tener, irme hasta la izquierda, ahora
al centro, pasar tanto abuelitas al volante como a jóvenes señores que van sin
prisa, dar un pequeño cerrón, escuchar la mentada de madre que me dedican desde
el claxon, luego llegar al tramo de unos ocho kilómetros en dónde ese
surrealismo mexicano que Dalí dijo era más loco que su delirante imaginación se
encarna en política u obra pública: una serie de accesos e incorporaciones a la
vialidad desde la izquierda, es decir, desde el carril de alta velocidad; a
saber, en Soriana, en Campanares, en la estatua de Carranza y pasando las
gasolineras de Ramos. Agrégale: más desviaciones o retornos también desde la
izquierda que hacen del carril para rebasar una vía que por su velocidad
asemeja más al estereotipo de burocracia que de progreso. ¿En serio existe algo
llamado desarrollo urbano o vialidad que planifica esto?
De vuelta al tema: dejando de lado la logística
gubernamental para que la experiencia de transitar ese tramo pase de pelear la pole
position a regresar con vida a casa, toca la responsabilidad cívica de
saber cómo manejar. Y es aquí donde se gesta el golpe de realidad.
Desesperado, encabritado y rendido, veo al pazguato
que no frena ni acelera y se eterniza sobre el carril para rebasar que podría
dejar libre si conociera el concepto de empatía; más adelante, tres autobuses
de transporte de personal ocupan todos los carriles, sincronizados en lo que
supongo es la velocidad gobernada de sus unidades, los paso casi por
acotamiento frente a la patrulla destacada en conocido restaurante; luego toca
un trailero que, aparte de haberse saltado las clases de física, pretende, con
su pesada carga y poca inercia, adelantar al millennial del sedán que escucha a
Krauze, Ruzzarín, o a la egresada de Harvard, dependiendo de su posicionamiento
dentro del status quo.
Finalmente, me preparo para abandonar la carretera con
vocación de bulevar para acceder a mi destino. Y ahí está: un letrero marcando
el límite de velocidad que me golpea con guante blanco. ¿Es culpa de la poca
civilidad al volante de otros lo que me desespera? ¿O es mi consciente
ignorancia a los límites de velocidad lo que hace parecer que la vida corre con
menos prisa allá afuera en el mundo real, que dentro de mi intrincada cabeza?

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