Publicado el 24 de
Mayo de 2015 en Revista 360 Domingo, de Vanguardia
Mi respuesta a tu crítica (1 de 2)
Nada más presuntuoso que un escritor diciendo
que tiene solo un lector a diferencia de Catón, quien dice tener cuatro; y es
que en una simple aritmética sin abandonar la misma alegoría, ese escritor nos estaría
diciendo que lo leen la cuarta parte de los lectores que tiene el cronista de
nuestro Saltillo, lo que sin duda muy pocos editorialistas han de alcanzar en
todo México y hasta dónde llegan las publicaciones de Don Armando. Pero bueno,
habemos quienes, dejando de lado la metáfora de los lectores de Catón y la
falsa modestia de algunos escritores, pensamos que hay un puñado de personas
que gustan de leer lo que escribimos.
Y de vez en cuando recibes una de las
principales satisfacciones que un escritor pueda obtener: La retroalimentación
en forma de crítica por alguien ajeno a tus puntos de vista. Y es que muchos de
quienes luchamos por obtener o conservar un espacio editorial donde publicar,
lo hacemos porque la vida nunca ofrece muchas formas de compartir nuestros
pensamientos, experiencias e ideales independientemente de que estos sean bien
o mal valorados, aceptados o rechazados, entendidos o malinterpretados.
Sin
importar el lugar o grupo dónde quieres expresar tus puntos de vista, siempre contaminan
lo que en comunicación se llaman ruidos, eso que hace imposible el intercambio
genuino de ideas: En la familia existe un patriarca al que se debe escuchar por
lealtad pero jamás contrariar por respeto, el sistema educativo está diseñado
para contener miles de datos pero no para liberar mínimos debates, con los
amigos nunca está exento el alcohol y la fiesta que todo lo trivializan y
tergiversan, siempre en el trabajo hay una imperturbable línea jerárquica que
inhibe la comunicación, y con los medianamente conocidos, la errónea percepción
de una buena educación traducida como lo políticamente correcto, nos prohíbe
polemizar sobre cualquier tema para no ser calificados de intransigentes,
fundamentalistas, fóbicos, torpes o cerrados de mente.
De ahí
la catarsis que uno encuentra cuando puede verter sus “verdades” en una especie
de monologo dándole rienda suelta a las percepciones que uno tenga acerca de todo
lo que nos rodea. Pero sin que uno se dé cuenta, luego resulta que el monologo
se vuelve predecible, uniforme, y peor aún, peligroso. Y entonces alguien hace
sonar la campanilla que lo hace a uno abrir más los ojos y ponerse alerta ante
la puntualización crítica de una persona que desde que tiene la decisión de
hacer algo como escribir y enviar un correo electrónico, demuestra una sana
intención de hacer del monologo, un dialogo.
Pero ya entrando en materia, me escribe uno de
mis lectores reprendiéndome porque en no pocas ocasiones he tocado temas en
dónde la religión y la divinidad han sido abordadas desde mis personales creencias
y la doctrina que profeso, las cuales son algo lejanas a las creencias
científicas y a las doctrinas de Estado que imperan en casi todo el mundo. En
primera instancia habré de decir que las páginas de opinión no están obligadas
a tener la objetividad de la crónica periodística, pues precisamente y como su
nombre lo indica, son una opinión.
Dice mi lector que las personas, aterradas a
la vida, buscan una explicación divina a las cosas que no pueden entender, me
recomienda leer las noticias de lo que sucede en el mundo para hacer un
análisis frío de las cosas. Me insta también a leer un poco de historia para
darme cuenta de cómo las creencias en la divinidad han perjudicado sistemáticamente
a la humanidad durante siglos.
Finalmente remata diciéndome que
debería utilizar mi espacio y habilidad para escribir sobre cosas menos
perjudiciales, entendiendo lo complicado que eso sería para mí. No entendí que
quiso decirme con la última oración, pero agradezco su interés de aportar al
bien común.
Desgraciadamente, la premura implícita
en esa teoría de Einstein que habla sobre el tiempo y el espacio, me ha dejado
sin oportunidad de responder a los cuestionamientos de mi amigo el lector
enojado. Pero te prometo lector que si Dios, la ciencia, el Estado, la
naturaleza o los humanos me prestan vida, estaré publicando el próximo domingo
mi respuesta a tus comentarios.
Publicado el 31 de Mayo de 2015 en Círculo 360 Domingo, de Vanguardia
Mi respuesta a tu crítica (2 de 2)
Me llevó toda la colaboración de la semana anterior
establecer el contexto de la crítica. Crítica que recibí por parte de un
iracundo lector que no está de acuerdo con mi forma de abordar en ocasiones las
cosas desde la particular perspectiva de mis creencias teológicas y religiosas.
Te platico más adelante un porqué de lo que me hace creer, algo que tiene que
ver con el instante más triste de mi vida.
Mi lector me recomienda empezar a leer,
asumiendo quizás que soy un iletrado. Infiero que es del tipo de personas que
piensan que si llegas a conclusiones sencillas ha de ser porque no te cuestionas
lo suficiente y te quedas con lo que te dijeron cuándo niño, ya sabes cómo es
eso: Para hacer gala de conocimiento y erudición, hay que explicarse de forma
que nadie te entienda, citando a rebuscados autores, misteriosos libros e
intrincadas teorías. Y leyendo las noticias de lo que pasa diariamente por todo
el mundo, por supuesto que entiendo su entender de que un Dios bondadoso no
permitiría tanto desmadre. Pero acá lo llamamos libre albedrío. Y no creo
equivocarme cuando pienso que desde el simbolismo de todos los Dioses, los
mejores padres son aquellos que dejan en sus hijos la libertad de elegir, así
se equivoquen en sus decisiones. Porque la vida no se disfruta desde la cómoda
y allanada tersura de un mundo utópico e ideal preconcebido, sino desde la
lucha inteligente, espiritual y diaria por adaptarse a una realidad cambiante,
imprevisible, y en ocasiones, injusta.
¿Dije adaptarse? Sí, y es que
también he leído historia, pero no solo esa historia escrita por los ganadores
de las guerras que para algunos “instruidos” viene a ser el opio del pueblo que
achacan despectivamente a otros, esa historia contada por los vencedores que sí
nos dice hasta qué punto el hombre puede hacer barbaridades en el nombre de
Dios, o por un territorio, o por un sistema político, o por una calentura; lo cual
sigue siendo el libre albedrío del hombre terrenal. Pero también me he tomado
la molestia de leer algo de las ideologías de quienes perdieron las guerras, así
como su versión no oficial de la historia; y pienso que confrontar
interpretaciones de mismos hechos ayuda a formarse una opinión propia para no
irse con la finta de la propaganda dogmática de cualquier tipo. Y claro que me
ha gustado la historia que hoy tratamos de descifrar desde nuestra civilización,
tan diferente a las tribus y primeros asentamientos de homo sapiens y
Neandertales que habiendo salido airosos de ese proceso de adaptación por
selección natural propuesto por Darwin, ya compartían con nosotros la noción de
las religiones como vehículo para acceder al concepto de Dios, porque dentro de
su cerebro ya se generaban las mismas interrogantes que a cientos de miles de
años, nos siguen dando motivos de insomnio.
¿Dije interrogantes? Sí, y es
que, aunque por encimita, algo de psicología y un poco de filosofía he tenido
oportunidad de leer. Y pienso que más allá de la superficialidad e imprecisión
del internet, la sesgada crónica de los diarios, las medias verdades de los
libros de historia y la cuestionable cronología y apego a la realidad histórica
de las escrituras sagradas, es en la introspección que nos ofrecen la psicología
y la filosofía dónde hurgamos incansablemente para finalmente quedarnos siempre
con la máxima del papá de los pollitos: Yo solo sé que no se nada. Y es el
concepto de Dios quien vuelve a aparecer cuando seguimos buscando respuesta a
esas interrogantes que nadie nos puede despejar sin caer en los mismos
supuestos que nos critican.
¿Dije supuestos? Sí, y es que,
amigo lector enojado, ¿Tú has visto un átomo? ¿Has salido al espacio exterior para
corroborar que la tierra sea redonda? ¿Has presenciado una aurora boreal? Si no
lo has visto con tus propios ojos, con lo único que cuentas para creer que todo
eso es real, es con tu fe. Esa misma fe ciega que tenemos los inocentes
creyentes. Probablemente al igual que yo, tú crees en lo que te dicen los
científicos sin cuestionar nada de sus postulados, pero yo también creo en lo que dice mi voz interior, mis anhelos, mis
dudas, y un humilde entendimiento que me hace fácil imaginar que si algún día
explotó el Big Bang, pudo haber sido porque (por favor entiende la metáfora) algún
viejo socarrón habría estado jugando con pólvora y fuego. O si no, ¿Cómo?
Para terminar, te diré que el
instante más triste de mi vida nada tuvo que ver con una pérdida o fracaso
personal; eso sucedió cuando fui a ofrecer mis condolencias a un compañero ateo que
había perdido a su hijo en un accidente. Saber lo que él pensaba de cuestiones
fuera de nuestra comprensión y conocimientos científicos, me hizo compartir su
dolor en el sentido de pensar que la existencia de su hijo había llegado a un
punto dónde ya no había nada más adelante. Más que perder a un ser querido,
pensar que este ha desaparecido para siempre de cualquier forma de dimensión,
vida o conciencia, es el peor sentimiento que un hombre pueda experimentar.
No sé si nos veremos algún día
en esta vida, amigo Manuel, seguro tendríamos una interesante y larga charla, pero
si no es así, espero que puedas concederme la razón en cuanto a que será
preferible que nos saludemos alguna vez por allá en el espacioso y eterno paraíso
de una conciencia post muerte que yo imagino, a que jamás nos encontremos en
el infierno de la oscura inexistencia post vida que tu afirmas.
cesarelizondov@gmail.com
1 comentario:
Hola. Podrás en el blog tu crónica del 21k coahuila?...o me podrías mandar el texto? Soy parte de rapport. Los 1ue corrimos con la playera de yes. We care
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