Publicado el 05
de enero de 2020
Ya nada me
sorprende. Por ello ni me inmuté cuando leí en el menú de la fondita cual es la
especialidad de la casa: tacos de chilaquiles. Lo pensé durante un momento antes
de decidir si le entraba a esa barroca experiencia.
Pero no vayas
a pensar que me las doy de purista, conocedor o de snob; sí le entro con
singular alegría al pleonasmo literal de las quesadillas de queso, o también al
pleonasmo culinario llamado guajolota, ese capitalino invento que consiste en
meter un tamal adentro de un bolillo.
Pero hay para
todos los códigos postales: los franceses dicen que en américa no sabemos apreciar
los buenos vinos porque las uvas de calidad nunca deben ser mezcladas, mientras
en Italia no conciben la bomba calórica de un flan bañado con cajeta Coronado y
con pedacería de corazón de nuez esparcida por el plato; y por supuesto, che,
que un buen asado de carne pampero no debía terminar envuelto en una tortilla.
Pero, como dijo Lucerito: ¿Y? Así nos gusta a nosotros, y ellos le han de meter
refresco de toronja al tequila, que no es algo así como el canon.
Pero el
asunto aquí no es la comida ni los desfiguros que somos capaces de hacer los
mexicas con tal de llenar la panza y agradar al paladar. Lo culinario (no es
albur, para los no leídos) sirve de referencia para ilustrar cosas más
importantes dentro de la vida nacional, pero que igual se convierten en penosos
pleonasmos a la hora de ubicar todo en correcta dimensión.
En contra de
la opinión de mi editor, de mi madre y de mis hijos, ahí voy de nuevo a la
incorrección política: dime si no es una redundancia que rima con camada eso de
tener un montón de procuradurías tamaño Luxemburgo que, dicho sea de paso,
igual que ese paisito europeo, las procuradurías satelitales son demasiado
estrambóticas en sus denominaciones, así sean de talla XS en su accionar,
distinto a China por ejemplo, nombre pequeño pero nación grandotota.
Pareciera que
la Constitución dicta que cada nuevo gobierno ha de crear una nueva procuraduría.
Porque nos hemos ido llenado de oficinitas cuya misión parece ser dejar la
responsabilidad en el aire. Ya sabes lo que dicen: si quieres que algo no se
resuelva, reparte el poder.
¿No debería
la Procuraduría General dar respuesta a todos por igual? A mujeres, niños,
adulto mayor, varones, minorías raciales, creyentes o ateos, heteros u
homosexuales, estudiantes o trabajadores. Pero no, hacen una torta de tamal y
deciden abrir procus como si fueran Oxxos, y entonces se pulveriza la
responsabilidad porque no saben si mandar el caso a donde atienden niños o a
donde al adulto mayor, porque el niño hizo pisa-y-corre en la tiendita del
anciano. O si a la de la mujer o a de los migrantes, porque una mujer migrante
denuncia maltrato de otra dama. Si ya no sorprende un taco de chilaquiles,
tampoco ha de sorprender que algún día nazca la Procuraduría para Señores
arriba de treinta años, zurdos, de piel morena y pie chico, con lunar de
tablilla en la espalda, de ojos oscuros, cabello rizado y dentadura sarrosa.
Pero en fin,
supongo que todo esto de tener tantas sub-oficinas para lo que debiera hacer
una sola obedece a nuestra idiosincrasia retorcida más que a la voluntad de
resolver conflictos y procurar la justicia; así como una torta de tamal nace de
la necesidad de llenar la barriga pero jamás de nutrir al organismo. Y claro
que engorda mucho, pero su aporte no va más allá de la supervivencia inmediata
del sistema.
Se acaba el
espacio y la paciencia, así que para finalizar con menos tedio te platico de mi
desayuno en aquella curiosa fondita: me sirvieron mis tacos de chilaquiles...
en tortilla doble, una fanta de naranja y una salsa tatemada deliciosa. Ya
empezaba a morder el taco cuando llega de nuevo el mesero con la guarnición al
centro de la mesa: una canastilla con totopos ¡¡
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